La guerra en Medio Oriente disparó el precio internacional del petróleo y el gas. El barril de crudo Brent saltó por encima de los 130 dólares. El gas natural licuado, igual. El mundo entero ajusta el cinturón energético.
Argentina, en cambio, tiene una ventaja extraordinaria: produce su propia energía. En Vaca Muerta, el costo de extracción del gas ronda los 3 dólares por millón de BTU. El precio internacional, por la guerra, supera los 20. La diferencia es abismal.
Pero en las facturas de luz, de gas, en el precio de las naftas, los argentinos pagan como si estuvieran en Europa. ¿Dónde queda la diferencia? No la ven los consumidores. No la ve la industria. La ven los productores y los magnates.
El impuesto invisible
El gobierno de Milei decidió que el precio interno de la energía siga al internacional. Es la regla de la “export parity”: si podés vender afuera a 20, nadie te va a vender adentro a 3. La lógica del mercado pura.
Los argentinos pagan como si estuvieran en Europa. ¿Dónde queda la diferencia?
Pero esa lógica tiene una consecuencia concreta: cada vez que un argentino llena el tanque, o prende la estufa, o una fábrica enciende sus hornos, está pagando un sobreprecio. La diferencia entre el costo real argentino (bajo) y el precio internacional (alto) es una transferencia invisible. Desde los bolsillos de los consumidores hacia las cuentas de los productores.
El documento del Foro Economía y Trabajo, firmado entre otros por ex funcionarios como Roberto Feletti y Andrés Repar, referentes académicos como Nicolás Malinovsky, Eduardo Dvorkin y Eduardo Codiani lo llama “renta diferencial”. Y plantea una pregunta que pocos hacen en los medios: ¿quién se apropia de esa renta?
Los beneficiarios
Los magnates de la energía no son solo los que pujan por Transener. Son, ante todo, los que sacan el petróleo y el gas de la tierra.
En Vaca Muerta, el barril de petróleo cuesta entre 25 y 35 dólares extraerlo. Afuera, por la guerra, se vende a más de 130. La diferencia es un océano. Y ese océano se lo embolsan los productores.
YPF, controlada por el Estado pero manejada con lógica de mercado, es la principal beneficiaria. Detrás vienen Vista, la empresa de Miguel Galuccio, que quintuplicó sus ganancias en los últimos dos años. También Pan American Energy (la antigua Bridas, ahora con fondos chinos), Pluspetrol, y las extranjeras que operan en el país: Shell, Total, Wintershall Dea.
Todas ellas producen a costo local. Todas venden a precio internacional. La diferencia entre uno y otro es su botín. Y ese botín no sale de la nada: lo financian cada uno de los 47 millones de argentinos, cada vez que cargan nafta, cada vez que abren la factura de gas, cada vez que una fábrica paga la luz.
Los magnates de la electricidad (Brito, Manzano, Miguens-Bemberg, Mindlin) también se llevan su parte, pero son eslabones de una cadena. El origen de la renta está en el pozo. El primer beneficiario es el que saca el crudo.
La guerra como excusa
En los estudios de televisión y en las columnas de opinión, una corriente de economistas y exfuncionarios repite la misma fórmula: el precio interno de la energía tiene que seguir al internacional. Dicen que no hay otra opción. Que la “export parity” es ley de hierro.
Lo dicen con soltura. Algunos de ellos firmaron ajustes tarifarios cuando estuvieron en el gobierno. Otros asesoran a fondos de inversión que apuestan al precio del crudo. Ninguno se pregunta si Argentina, por su capacidad productiva, puede darse el lujo de romper esa regla.
El Foro Economía y Trabajo, en cambio, sí se lo pregunta. Y responde: se puede desacoplar. No es una herejía. Es una decisión política. Pero esa decisión, hoy, no está en la mesa del poder. Porque a los que más beneficia el precio internacional les conviene que la regla siga intacta.
Lo que viene
La guerra no va a durar para siempre. En algún momento los precios internacionales bajarán. Pero la estructura de precios internos, si no se modifica, quedará. La renta diferencial puede reducirse, pero la lógica de transferencia seguirá intacta.
La pregunta es política: ¿el gobierno seguirá sosteniendo que el precio interno debe seguir al internacional aunque los costos locales sean muy inferiores? ¿O habrá un punto de inflexión cuando la inflación energética se coma el salario de los votantes?
Por ahora, los productores festejan. La guerra les dio un regalo inesperado: un sobreprecio energético que pagan todos los argentinos. Un impuesto invisible que no vota el Congreso, que no debate la opinión pública, que simplemente se descuenta de cada factura.
La tensión entre el documento elaborado por el Foro y el consenso del “export parity” seguirá ahí. Mientras, la renta seguirá viajando desde los hogares hacia los pozos. Y los zares de la energía, cada mes, seguirán embolsando su botín.